De cine. FIC San Cristóbal de las Casas I. Herederos de la Revolución.

 

Herederos de la Revolución.

Como muchos saben se realizó el Festival Internacional de Cine de San Cristóbal de las Casas, despistada como soy, no me hubiera enterado ni con los veinte pósters por cuadra en la ciudad, ni aun viendo las pantallas en la plaza. Con tanta actividad del Proceso Electoral es bastante complicado poder tener vida, ya no se diga destinar tiempo a ver películas. Pero al muy puro estilo Cenicienta (Con madrastra malvada incluida), terminada mi jornada laboral, huyendo en la noche, atravesaba mi “jardín” y llegaba a la sala, apresurada del trabajo a las sedes y viceversa, regresando antes de medianoche porque había que levantarse temprano para cumplir las actividades. Acercarse al mundo del cine, sumándole el intercambio con sus creadores, es sin duda fascinante, así que a veces hay que hacer lo que hay que hacer.

Desde hace algún tiempo, he mantenido la firme idea de que todo quehacer humano, pero principalmente las artes, son la manera de ayudarnos a reconfigurarnos como personas, especialmente en tiempos tan confusos como estos. En el caso del cine, se nos muestra una circunstancia desde el enfoque de su creador, después tocará al espectador desde su perspectiva hacer una construcción mental, pero a diferencia de otras artes tiene la particularidad de la masividad, de llegar a más público. De ahí mi interés de participar de las más actividades posibles. 

Una de las proyecciones, que en lo personal me impactó mucho, fue la cinta ¡Que viva México!, de Serguéi Eisenstein, que gracias al trabajo de la filmoteca de la UNAM, pudimos apreciar. Musicalizada en vivo, transporta y muestra ese mundo lejano, no tan ajeno, del México de la Revolución. Formada por tres partes: La Sandunga, Maguey y Día de muertos.

La segunda parte, Maguey, es cruda, impactante, no solo por la historia, sino por la triste similitud con nuestra realidad actual. Algo que me encantó es como este señor, Eisenstein, en blanco y negro, capta y enseña símbolos de la cosmogonía prehispánica. La mala fortuna del cobijo y sombra de Mayáhuel. Escenas de crueldad de los caciques, embriaguez del humilde (¿El pueblo?) para no pensar en lo que vive. Dolorosa película, porque el egoísmo de unos cuantos ha consumido esta nuestra patria y nos ha llenado de violencia.  Triste saber que somos herederos de la revolución, de una revolución que institucionalizó la pobreza y le dio asistencialismo. Hoy, los hijos de los caciques de ayer, usan el dinero del pueblo para acumular más riqueza y seguir pisoteando a los demás.

Ovacionada, esta película del siglo pasado se convirtió en un ejercicio de reflexión, que bien valió la pena la media hora haciendo fila para poder ingresar al teatro. El trato gentil de la organización y la sonrisa siempre afable de las y los voluntarios, cargando sillas, ayudando a que más gente pudiera disfrutar ese espectáculo, contrastó mucho con lo que vi en la clausura, pero como decía la nana Goya: Esa es otra historia. Les compartiré, en tanto tenga un poquito de tiempo para escribir.

Por último, una cosa que escuché, en uno de los foros, esperando ser fiel al mensaje.

“Es momento de tomar la palabra, de rescatarlas, de volver a hacerlas nuestras”. Y la palabra se expresa también en imágenes.
 

 


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