La ciudad perdida.

Cuando escuchamos ciudad perdida, inmediatamente la mente nos transporta a esas historias de infancia de la Atlántida, la habitada por una civilización avanzada que, en vez de alcanzar la cúspide, se hundió.

A las ciudades se les visita, se va de paseo o se les permite que te habiten. La mayor parte de las personas prefieren lo primero. Llegar, buscar el sitio más instagrameable, la pose más innatural posible, para con una fotografía poder presumir que ahí se estuvo, como símil de modernas banderas de sitios de conquista, para, al final partir en busca de un lugar nuevo y poder colgar otra imagen más de la pared virtual.

Una de las cosas que más disfruto de viajar es poder adentrarme en la piel de las ciudades, ser una con ellas. Con todas sus complejidades, sus claroscuros. Y aunque he intentado ser una turista normal de sonrisa fácil, resulta imposible no ver las desigualdades y la opresión en muchas partes. A veces resulta que el peso de la historia llega y te arroba el corazón, de algunas he salido sacudiéndome los pies, otras saludan y te reciben como si te hubieran esperado siempre, por eso es más difícil irse de ellas. 

Alguien escribió un día que las ciudades eran un fragmento de espacio plagado de pensamiento. Yo creo que no sólo de pensamiento, sino de energía y de historias. 

Uno de mis pasatiempos favoritos en las ciudades en las que he vivido, es sentarme en ciertos sitios a observar, porque a las ciudades se les conoce por la gente que la habita y por las memorias que se asoman por cada rincón, esperando ser descubiertas.

Al paso de los años, he visto ciudades caer y levantarse, producto de las tragedias provocadas por los desastres naturales y por las malas gestiones humanas. He atravesado inundaciones, escombros de terremotos, bloqueos humanos, incendios que ocasionan los cielos más intensamente amarillos, pero no he visto nada acabar con las ciudades como la pandemia, esta pandemia y la crisis que le ha acompañado.

Se ha escrito mucho que la pandemia mostró lo que en realidad somos como personas y como comunidad, pero es horrible tener al monstruo frente a frente. Así, nos íbamos enterando de muertes de personas cercanas y conocidas, cuya ausencia fue cambiando la fisonomía de los lugares, nuestros lugares.

Cada día que paso por los bajos del Parque Juárez (Xalapa), viene a mi memoria nuestro gentil agente de tránsito: Don Cornelio. Que daba el paso a los peatones, siempre sonriente. Se extraña al cantante que alegremente paseaba tarareando un son, de camino a algún café. O de repente caemos en la cuenta que el presbítero amigo ya no está. Y así se fueron de nuestras vidas, sin previo aviso, personas que creímos siempre estarían ahí.



Una señora que aprecio, se alegró mucho al verme después de tanto tiempo y me dijo: Dejamos de ver a tantas personas de un día a otro, que simplemente asumimos lo peor.

Camino a una diligencia, vi un edificio vacío en el centro de la ciudad, eso es común después de una crisis económica como la que atravesamos, pero esos lugares suelen ser ocupados casi de inmediato por algún comercio u oficina que llegará a llenar ese espacio disponible. Pero lo que vi me sorprendió: De sus paredes fue arrancado todo lo que pudiera ser de valor, recubrimientos, cable, tubería, etc. Era como ver sus heridas expuestas.

Tres edificios históricos más cerraron en la misma zona: El Hotel Plaza, Casa Ollivier y el Hotel Limón. El Hotel Plaza construido desde 1910, Casa Ollivier funcionaba como almacén desde 1890 y el Hotel Limón ya era casa de huéspedes y teatro en 1894. Las fechas nos muestran que estos negocios soportaron los sismos más importantes como el de 1920 que destruyó la región, crisis económicas, revueltas y guerras, incluida la Revolución Mexicana. Pero no pudieron vencer esta nueva crisis que empezó con un virus.

Con las ausencias humanas, el cierre de espacios icónicos y con los duelos acumulados, poco a poco nuestra historia se diluye, se nos llena la memoria de brumas, porque si algo he aprendido en esta época post pandémica, es que para las personas es muy sencillo olvidar. Y no puede uno dejar de sentir nostalgia por lo perdido, porque es como si la ciudad, la que nos habita, poco a poco se nos va escurriendo en las manos.

 


Imágenes de Casa Ollivier, Hotel Plaza y el Hotel Limón, en diferentes épocas, cortesía de Xalapa en la historia.

Un agradecimiento a las y los cronistas de la región que luchan por preservar las ciudades y su memoria.

Popular Posts