8M
Durante todos los días previos al 8 de marzo y la preparación de los eventos conmemorativos, las que traemos un camino andado asumiéndonos como feministas, terminamos moralmente quebradas. No es sencillo ver el lavado violeta que instauran algunas instituciones, dando charlas, presentando estudios, invitando mujeres a dar platicas, en el marco del día de la mujer, aunque sus políticas públicas y las practicas diarias en su interior, reproduzcan las más intensas violencias propias del patriarcado. Eso sí, todo en color morado.
Es que algo que se puede y debe criticar abiertamente, es el oportunismo de algunas mujeres al beneficiarse de la coyuntura del feminismo y ser mujer. Así vemos en puestos importantes a mujeres, cuya mejor credencial les viene por sus relaciones de parentesco o sumisión con hombres en el poder, a quienes por supuesto, deben lealtad absoluta. Que favor con favor se paga. No es de extrañar que su actuación en defensa de otras mujeres sea, por decir lo menos, mediocre. Y si se trata de posicionarse cuando una mujer intenta denunciar algún abuso de un hombre, defienden con ferocidad al amigo - aliado - líder.
Por eso, sabemos que indudablemente muchas mujeres piensen bien antes de salir a marchar, codo a codo, con otras mujeres cómplices de violentadores.
Este año también me lo pensé muy bien antes de salir a marchar. Sin embargo, ese día leí algo que me inspiró a asistir. Por la mañana llegó a mis manos un texto que decía que no podemos construir sin abrazar la esperanza. Esa palabra maldita que por algo Pandora la dejara encerrada en su cajita de las sorpresas.
En otro tiempo tenía otras razones para marchar. Acompañada de mis amigas, acudíamos a exigir la libertad de las mujeres en prisión. Pero desde que estoy acá, ha sido más complicado trabajar en alguna causa sin exponerme de manera física y emocional. Pues mi práctica y formación feminista resultan un estorbo en la burocracia de apariencias y sin formación, donde gana la que sonríe más ampliamente, que la que hace lo que yo, que resulta casi, casi, disidencia.
Es que en el discurso se lee muy bien la frase que todos atribuyen a Voltaire, pero es de la no tan famosa Evelyn Beatrice Hall: “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Pero que en la realidad se traduce en: No piensas como yo, eres mi enemiga. Acto seguido procedo a censurarte y que todos mis seguidores sepan que atentas contra mi sagrada palabra. La autocrítica ni soñarla, creo su diccionario no tiene esa palabra.
Luchando contra mi propia reticencia y dado el contexto de represión que se ha vivido en el país contra las marchas feministas, acudí a acompañar a las más jóvenes, preparada para todo, agua para los gases, material para repeler agresión, dinero para la fianza y mi ubicación en todo momento.
Desde el primer momento, lo más impactante de la marcha fue el contraste de la luz de las chicas que iban a la marcha, contra los cientos de elementos de policía y guardia nacional, que estaban apostados en ambos lados de la avenida, para contener a las feministas.
La marcha se organizó por contingentes, primero mujeres con discapacidad, enfermedades, niñas, jóvenes, mujeres diversas y otras. En realidad, cada una se sumaba en donde encontraba lugar. Asistimos miles de mujeres. Al inicio de la marcha, un mega operativo para cuidar a la prensa, que como si no supieran, mandan hombres a cubrir las marchas.
En relativa calma transcurrió todo, hasta llegar a la Iglesia del Beaterio. Habían avanzado las niñas y mujeres con discapacidad, mientras caminaban jovencitas, un grupo de chicas realizaba iconoclasia en las murallas que pusieron para proteger el inmueble de la iglesia, cuando de dentro de la misma, aventaron hacia las chicas, gases para alejarlas, gases que cayeron sobre todas las que caminaban en ese momento. Yo incluida. Al momento de la agresión, todo fue confusión, una corrían, otras buscaban a sus amigas. Las mujeres policías sacaron sus escudos para evitar que las chicas pudieran correr. Una de ellas ordenó: ¡No dejen que se regresen! Mientras golpeaban contra el suelo los escudos.
Es indignante ver como desde una mínima posición de poder, que les da un uniforme, son capaces de atemorizar y agredir a jóvenes, muchas en este caso, menores de edad, algunas con el uniforme del colegio, que lo único que querían es gritar su indignación. Por eso permítanme que me indigne también con la burla de fotografía de las policías recibiendo flores.
El viento jugó a favor y disipó rápidamente el gas y rodeándole siguió la marcha.
Una de las cosas que quedó en mi memoria fue el desborde de creatividad de cada una de las pancartas, eran de una belleza impresionante. Sin embargo, muchas de ellas también tenían denuncias por las violencias sufridas. Este día, muchas se armaron de valor para hablar eso que no se habla, para enunciar lo que aún a su corta edad han sufrido en su cuerpo y en su alma. Y cada grito enfurecido, exorciza ese monstruo con el que muchas han estado viviendo durante mucho tiempo.
Ver también la actitud de los hombres ante las mujeres feministas de todas las edades es digno de destacar, muchos no querían acercarse, se podía ver el miedo en sus ojos. Desde entonces, juego con la idea de que algún día el miedo cambie de lugar. Que teman ante el poder de una mujer.
Posterior al 8M, debe venir el análisis. ¿Hacia donde nos llevan todas estas expresiones? Me duele saber que haya mujeres que capitalicen la fuerza de este movimiento para su beneficio personal y no hagan nada más que lindos documentos desde la comodidad de un escritorio, sin poner el cuerpo por otras, desde la comodidad de no ser incómodas para el sistema. Mientras otras luchan por la supervivencia, vida digna, vida libre de violencia, acceso a un sistema de salud digno, atención de la salud mental sin prejuicios, el acceso a la justicia, a una justicia verdadera, no esa de los libros y jurisprudencia.
Siendo sincera, yo no quiero otra marcha. Porque la razón para hacerlas es lo que dice la consigna: Se mata a las mujeres (y niñas) en la cara de la gente. Y somos muchas cada año, porque cada vez, la violencia toca a más y más mujeres. De diferentes formas, algunas incluso sutiles, pero todas dolorosas.
No quiero ver ni celebrar fotos de niñas marchando, luchando por su derecho a la vida, a la vida libre de violencia. No quiero ver hermosas pancartas que nos narren el horror que estamos viviendo. Y aunque me niego a pensar todo en blanco y negro, la situación se resume en estás haciendo algo por eliminar toda esta violencia o eres cómplice de este aparato que consume mujeres y niñas, como si de objetos desechables se tratara. Desgraciadamente, para hacer, tendremos que abrazar la poca o nula esperanza y valentía que nos queda, porque lo segundo, ya lo está haciendo la mayoría.
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