Tocadiscos y radios de transistores.
Alguien planteaba usar esta serie de accesorios para, en un futuro, poder vivir más tiempo en la realidad virtual y es que las redes sociales son de lo más adictivo.
Una amiga dice que la afición a las redes sociales es igual que
nuestra relación con el refrigerador, vas cada tanto tiempo, te asomas, aunque
sabes lo que contiene, nada de lo que hay te satisface el antojo y te retiras.
Esta práctica de vivir en las redes es lo más normal de nuestros tiempos,
usamos aplicaciones para todo, hasta para aparentar ser menos agrestes de lo
que normalmente somos.
Las aplicaciones que más uso son las de música, metrónomo, afinador, canciones, diferenciadas por la calidad de sonido o los sitios desde donde transmite. Con ellas Radio UV dejó de ser cuadrafónica (transmite en Xalapa y solo se oía en la cuadra que forman las calles de Clavijero, Juárez y Altamirano), para volverse global y sus programas consultables a libre demanda. Cosa que se agradece por la calidad de los mismos.
Estos días, después de pasar mucho tiempo oyendo música rusa, antes que se convirtiera en una herejía propia del contexto, escucho a Dvořák. En parte, porque me fascina escuchar el producto de un compositor con ansiedad y en parte porque los metales son esos instrumentos que es muy sencillo que suenen mal sino se tiene la maestría necesaria para ejecutarlos. Así escribí: He escuchado tanto Dvořák que, si fuera un disco, ya estuviera rayado. Al momento de escribirlo, me sorprendió lo anacrónico de la frase. Y es que tomar un disco de vinilo con sumo cuidado para posar la aguja, era una práctica ordinaria, hoy casi olvidada.
Tuve la fortuna de crecer entre discos, tocadiscos y radios de transistores. Con ellos, mi hermana y yo organizábamos los más variados juegos llenos de creatividad y risas. Y por las noches, en que las ondas de radio, viajaban mejor, tratábamos de encontrar alguna estación lejana para descubrir, a través del sonido, otros sitios.
Esta mi tierra y especialmente mi ciudad de origen, es muy sonora. Estamos rodeados de música, bandas de jazz, mariachis, soneros, etc. Cerca de mi oficina, descubrí un cuarteto de cuerdas que, cuando necesito darme un respiro, camino ahí y me reinician la vida. Tan rodeada la ciudad de música, que cada casa suena distinto. Es una maravilla caminar y escuchar como suena cada lugar. Y cuando llegué a vivir sola a otra ciudad por primera vez, me sorprendió lo bulliciosa que era, pero con ausencia de armonías saliendo por las ventanas.
Mientras pienso en los deleites perdidos de poder tomar un tiempo y un espacio para sentir una realidad sin aplicaciones, sólo con el sonido de un disco dando vueltas en determinadas revoluciones y el ocasional brinco del polvo contra la aguja, me pregunto: ¿Cuándo fue que el mundo empezó a conformarse con satisfactores inmediatos, por sencillos, porque requieren menos esfuerzo o simplemente porque están ahí listos para usar y desechar? ¿En qué momento dejamos de conformarnos con la realidad tal como está, en vez de luchar por lo que es bello y bueno?
Tal vez la frase no es la única anacrónica aquí.