Dignidad.
Un día viajaba en un
autobús. A él se subió una persona con discapacidad auditiva, vendía lápices y
pequeñas estampas para obtener un ingreso. Yo no tenía más dinero en la
bolsa que el necesario para pagar mi pasaje de regreso. Apenada, lo miré y le
dije en lengua de señas que no tenía dinero, que en otra ocasión le compraría.
Pude ver entonces como su rostro se transformó, se iluminó su cara, se dibujó
una gran sonrisa, me contestó que no me preocupara y empezó a platicar
conmigo. Para mí, fue una lección que me acompaña desde entonces, cuando trato
con otra persona, la importancia de ver, sentir, hacerse sentir con otrxs.
Podría parecer trivial este pequeño encuentro que dejó huella en mí,
pero no lo es tanto. Estos días en que los esfuerzos de varias instituciones
parecieran volcados en atender problemáticas que siempre han estado ahí, pero
de repente se ven conminados a dar prioridad, más en el discurso
que en la realidad y algunas veces para que se hable de sus avances en la
materia que por un interés legitimo de acabar con dichos rezagos. Háblese de paridad,
de inclusión, de discapacidad, diversidad, género, etc.
En cada evento, reunión, encuentro, taller o conversatorio, explican
ampliamente el marco jurídico y conceptual de ello. Tratados, leyes y
recomendaciones que están obligados a respetar las y los servidores públicos.
Pero para mí, todos ellos se resumen en la sola palabra: Dignidad.
Hay muchas acepciones filosóficas, jurídicas y axiológicas, para definir
la dignidad. Se le entiende como un valor, un principio o una mera regla de
conducta. Hagámoslo sencillo y consultemos un simple diccionario, ahí se
menciona que es alguien que merece algo,
que es la cualidad del que se hace valer como persona, se comporta con
responsabilidad, seriedad y con respeto hacia sí mismo y hacia los demás y no
deja que le humillen ni degraden o la cualidad de la cosa que merece respeto.
Tan rebuscado el termino
que pareciera que necesitamos mucho para poder llevarlo a la práctica.
Después de muchos ires y
venires por el mundo y sus desigualdades, me he encontrado en lugares y
circunstancias que me han hecho cuestionar el porqué a las personas es tan
difícil tratar a otras con dignidad, con respeto o con al menos la consciencia
de saber que otra merece un trato adecuado, por el solo hecho de ser y estar.
Quienes alguna vez hemos acompañado a personas victimas o que han sufrido alguna vulneración en sus derechos, hemos vivido en carne propia estas situaciones, por el solo hecho de estar con ellas. Lejos de disuadir malas prácticas, nuestra presencia se vuelve un pretexto para revictimizarles.
Y es que es una realidad
que nuestras relaciones humanas están predeterminadas por el poder que ejerza
una persona sobre otra. Una crítica que he realizado siempre, es que mientras
muchas servidoras públicas debaten en lindos eventos (de tacón alto y
transmisión en vivo) de las problemáticas que sufren las mujeres para acceder a
la justicia, en la realidad, sus colaboradorxs están ejerciendo esa violencia a
otras mujeres que se encuentran en un nivel inferior, conforme al poder que
ostentan. Peor aún, cuando esas mismas mujeres con poder y voz, ejercen
violencia a otras, cuando no hay un micrófono o cámara enfrente.
Hay que decirlo, el
panorama no es muy alentador a futuro, el uso de herramientas digitales para
dar atención para tramites, servicios y acceso a la justicia, propiciado por la
pandemia, ha hecho que, si antes eras solo un nombre en un expediente, ahora
eres un número de turno, fila virtual o archivo pendiente de subir, es decir
una personalidad que no posee ni siquiera un rostro o un cuerpo. ¿Qué será de
nuestra sociedad con personas que se niegan a ver a otra a los ojos? ¿Qué porvenir espera con niños
y jóvenes que cursan su formación básica atrás de una pantalla y cuya máxima
interacción con otrxs consiste en una voz pidiendo enciendan o apaguen su
micrófono?
Hemos perdido la capacidad
de mirar de frente, de dar la cara y ser capaces de comprender que quien se
encuentra ahí es más que un conjunto de caracteres, que es una persona que
merece ser vista, escuchada y comprendida. No necesitamos que se dedique tiempo
a eventos estériles de buenas intenciones. Lo que necesitamos urgentemente son
seres capaces de reconocer (se) en la otra y dar un trato digno.
Siendo optimistas, ya no
esperamos respeto por ese solo hecho. Lo que en otro tiempo fuera la posesión de una recta consciencia o el temor del juicio de no cumplir con la voluntad divina, se traduce hoy en el temor de hacerse viral y ver disminuido el número de seguidores. Después de todo, la revolución será en
plataformas o no será.
