El arte de morir.
El mundo fue testigo de cómo desapareció un vehículo de exploración del Titanic. El esfuerzo internacional de búsqueda y rescate sorprendió e indignó por igual a mucha gente, pues un barco lleno de migrantes se hundió y aunque hubo un llamado a auxiliar a las personas, no existió un operativo técnico científico para recuperación de la nave y pasajeros como lo fue para el sumergible Titán.
Aquí podríamos concentrarnos en todo el problema en materia de derechos humanos, ético y humanitario de ambas situaciones, es hasta obligado hacerlo. Sin embargo, desde que ocurrió, una cosa ronda en mi cabeza: Las desigualdades al morir.
Para mí, no me resulta trágico ni pienso como víctimas a quienes, haciendo algo que disfrutaran, en el momento siguiente sean partículas y habitantes de otro plano. Es muy similar a quien pierde la vida en una competencia de automovilismo. Aunque inesperado, me parece de una extraña belleza morir haciendo lo que se ama.
Y es que también se muestra la desigualdad y la precariedad, en la forma de morir. La mayoría de nosotros desconocemos las circunstancias de ese momento, pero sumamos a ello la posibilidad de que sea tras una enfermedad y si tenemos suerte en un hospital. En nuestro país, como en otros tantos, la mayoría de las personas no tienen acceso a sistemas de salud.
Otra posible forma de morir, en lugares con alto índice delictivo es en un asalto o robo.
Hace algunos años, me asaltaron a un par de calles del departamento donde vivía. Aún no anochecía y había gente cerca. Yo había salido del gimnasio, pero fue muy extraño, porque ese día no llevaba tarjetas, teléfono, solo la maleta con la ropa del gimnasio y un reloj. Fue una especie de presentimiento sutil previo.
Caminaba, cuando un hombre corpulento, me tomó por la espalda, me amenazó con un arma y mientras tomaba mi bolsa me dijo: Si gritas te mato. Después, me golpeó con el arma en la cabeza, aventándome contra el pavimento. Unos pasos adelante en una motocicleta lo esperaba su cómplice y huyeron. Fue muy rápido, pero para mí, duró una eternidad.
Lo curioso fue cuando escuché decir que si gritaba me mataría, entonces pensé una cosa: Así se muere uno. En apenas un segundo la vida se va. Debo decir que no pasó mi vida frente a mis ojos, como dicen que ocurre, porque evidentemente ese no fue mi final.
Lo segundo que pensé fue en la falta de glamour al morir así. ¿Dónde quedaron esos tiempos en que Cleopatra tomaba un áspid para hacerlo?
Obviamente solo yo, hago eso en un asalto. Probablemente estaba disociando con un pensamiento bobo, para no pensar en la agresión de la que estaba siendo objeto.
Lo cierto es que nadie conoce el día ni la hora del punto final, sólo que existe. Ojalá que cuando ocurra sea en las mejores circunstancias, habiendo hecho aquello para lo que venimos a aquí.
Pero, como sino tuviéramos asignaturas pendientes en la exigencia de nuestro derecho a la vida y una vida digna, debemos sumar la lucha por una muerte digna, en nuestros propios términos. O lo que es lo mismo: Que nos alcance la vida, para poder bien morir.
